D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa
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Se gastó por nosotros, vÃctima de su negarse a sà mismo, lleno de amor y caridad.
Protector de la Familia
CONCHA MUÑOZ DE MORALES BAEZA
Yo era una niña cuando me confesaba con Don Tiburcio y a mà no me gustaba hacer las camas y me enfadaba con mi madre, entonces Don Tiburcio me dijo:
-Cuando se te resistan las cosas piensa en la Virgen, como si lo hiciese ella intentando imitarla con ese amor y cariño con el que ella lo harÃa todo.
Esto no se me ha olvidado nunca. Es aquello que te llega al alma, ese propósito de la enmienda. En la capilla nos daba las charlas. Para mà fue la primera pista, la vÃa y el puntal de la iniciación de mi fe.
En el año 1950 hubo Misiones en Daimiel. Participábamos muchas niñas de 10 ó 12 años haciendo pequeños corros en la iglesia de San Pedro para dar catequesis. A los niños se les regalaba un plumier. Todo movido por él, luego participé en los cÃrculos de Acción Católica y de allà salÃa luego la Santa Infancia.
En casa de mis suegros contaban que los hijos eran traviesos y un dÃa fue a la casa Fernandico el sacristán a decirle que querÃa Don Tiburcio hablar con ellos porque se subÃan a la torre y mataban palomas y lo primero que dijo:
-No quiero que castiguen a los niños, no es un motivo de castigo sino de corregir y les explicó lo que hacÃan.
Claro que mis suegros luego los castigaron, pero no por gusto de Don Tiburcio.