D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa
P
PP
Se gastó por nosotros, víctima de su negarse a sí mismo, lleno de amor y caridad.
Protector de la Familia
Angel Giménez de los Galanes Alvarez
Por los años cuarenta y primera mitad de los cincuenta del siglo XX, en vacaciones, los seminaristas de una parroquia no solíamos fusionarnos
(salvo una necesidad o conveniencia) con los de la otra parroquia: teníamos cubiertas nuestras exigencias y necesidad de convivencia y comunicación ampliamente, ya que, cuando yo ingresé en el Seminario, éramos dieciséis seminaristas en cada parroquia. Por esta razón no tuve la oportunidad de conocer más directa y diariamente al que durante algo más de cincuenta años fue párroco propio de San Pedro Apóstol de Daimiel.
A pesar de todo ello, sí tuve varias oportunidades ( aunque pocas) de tratarle personalmente y siempre con gran provecho y edidficaciónpara mí; algo que siempre he agradecido y hoy ( ya a mucha distancia) considero gran favor de la vida y, mejor, una gracia de Dios.
Como persona era un hombre austero en su modo de vivir…, educado, digno, atento: tengo como imagen imborrable su gesto, siendo yo un adolescente, de descubrirse como saludo al cruzarnos ocasionalmente por la calle.
Sacerdote totalmente entregado a su rebaño. Exigente consigo mismo y amable y delicadamente exigente con los demás. Sabio y requerido consejero no solo por los de su feligresía: ante cualquier problema personal, conyugal o familiar la solución para muchos era “Que venga Don Tiburcio”
No quiero omitir la admiración ( “devoción “ lato sensu) que tenía por la que a largo tiempo debió colaborar en la atención doméstica de su sencillo domicilio: Josefa Giménez de los Galanes (“ hermana Josefica”) de la que escribió una bien redactada semblanza ( auténtica biografía). “ Seguramente – me decía- era pariente de tu abuelo Vicente” con quien ( seguramente de los pocos) se tuteaba (mutuamente).
Asiduo tempranero al confesionario, visitador de sus pobres y enfermos, generoso limosnero, predicador asiduo en los “Jueves eucarísticos”, “ejercicios de ánimas”.
Ya sacerdote joven tuve la triste satisfacción de ayudaren la conducción del féretro en su entierro.
Desde su muerte (masiva manifestación de duelo popular, de sacerdotes, religiosos y laicos), las pocas veces que tengo oportunidad de ir a la parroquia de San Pedro no salgo nunca sin pasarme por la capilla de la Santísima Trinidad, donde está depositado su cadáver para encomendarme a él y pedirle que me comunique parte de su espíritu sacerdotal.
Sobre su sepulcro nunca falta alguna flor o alguna lucecita
Angel Giménez de los Galanes Alvarez
Daimiel, 23 de marzo de 2013