D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa
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Se gastó por nosotros, vÃctima de su negarse a sà mismo, lleno de amor y caridad.
Protector de la Familia
MONSEÑOR DON ANTONIO ASTILLERO BASTANTE
Siendo adolescente y joven, mi madre pedÃa al Señor que le diera un hijo sacerdote. Estando ya casada, no contó a nadie su plegaria. Dos hijos nacieron del matrimonio: Patricio y yo, Antonio. Éramos dos hermanos muy distintos. El era bueno, formal, sin embargo yo era travieso e inquieto; por ello pienso que mi madre se imaginaba el sacerdote serÃa Patricio. Un anochecer pasé a San Pedro por curiosidad al ver mujeres que entraban y salÃan con ramos de flores y limpiaban seguramente para adornar el altar. Và a Don Tiburcio y le dije:
-Don Tiburcio quiero ser sacerdote, yo estarÃa entonces próximo a los 12 años. El me dijo:
-Anda vete a tu casa, si hubiera sido tu hermano me lo hubiera creÃdo.
Yo no me marché, pasó de nuevo por allà Don Tiburcio y le dije:
-Mire yo he oÃdo en catequesis que muchos grandes santos han sido primero grandes pecadores.
Entonces él me miró, habló con Don Andrés y asà entré en el Seminario. En casa no lo podÃan creer, mi abuela me decÃa que era una decisión muy seria. Me ordené en el Congreso EucarÃstico de Barcelona y dije mi primera Misa allà en San Pedro en junio de 1952. Mi madre vio como su plegaria fue escuchada. Por eso puedo decir que debo a Don Tiburcio mi entrada en el Seminario.
En casa se le querÃa mucho y yo, como niño, observaba siempre que era muy cariñoso con todas las personas; ese ejemplo lo tomé para mi vida pastoral y procuro hacer lo mismo que él en mi trato con las personas