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SANDALIA MARTIN GIL UTRILLA

Don Tiburcio Ruíz de la hermosa, sacerdote párroco de la Iglesia de San Pedro de Daimiel, durante muchos años. Era un señor bueno, simpático, agradable, visitaba a los enfermos y hacía limosnas a quien sabía lo necesitaba, cuando salía a la calle iba saludando a toda persona que encontraba, aunque no las conociera de nada.
El llevaba los pies en el suelo, pero su corazón y su vida interior y espiritual, estaban siempre con Dios. Era muy devoto del espíritu santo, que él le llamaba ( El gran desconocido y olvidado). Para el día de Pentecostés hacía en la parroquia la novena ( al E. S.) y cantábamos el veni creator en latín.
Yo desde mi primera comunión me confesaba con él, cuando estaba en el confesionario tenía siempre 6 ó 8 personas a cada lado, esperando su turno, su manera de confesar era especial y diferente de los demás sacerdotes, yo me confesaba de los pecados que tenía pero luego él me hacía como un segundo examen de conciencia, para que no olvidara nada, él me hacía una pregunta, si lo había hecho decía sí, y si no lo había hecho decía no.
Yo iba a la escuela del Altillo, la profesora se llamaba Doña Consuelo Moreno que se confesaba con Don Tiburcio, él nos visitaba mucho, nos contaba muchas cosas, que visitáramos el sagrario, y cuando salíamos por la tarde un grupito íbamos a la parroquia a acompañar al Señor. También le dijo a  Doña Consuelo, mándame un grupito de las mayores que les voy a enseñar a hacer oración mental, al salir de la escuela por la tarde íbamos un grupo que teníamos unos 10 ó 12 años, el libro que nos dio se llamaba ( Cuarto de hora de oración de Santa teresa), a todas les regaló el libro menos a mí, porque yo lo tenía de mi madre, que ella lo había usado cuando era joven, por la tarde íbamos a su casa. El libro que nos recomendó se llamaba ( cuarto de hora de santa Teresa= cuarto de hora de oración de santa Teresa)
Llegó la guerra civil, yo iba a su casa a confesarme de vez en cuando, ya en el año 1939 me llevaron a coger aceituna, él me tenía dicho, cuando termines vienes a decírmelo, y así lo hice, me dijo, ahora te voy a dar un premio, me invitó a oír misa allí en su casa, y me cantó al llegar (“aceituneros del pío, pío ¿Cuanta aceituna habéis cogido?, fanega y media y porque ha llovido”)
Luego enfermó, estaba en la cama, yo le visitaba con frecuencia y me pasaban a verlo, allí me confesaba,  entonces fue cuando yo empecé a hacer magisterio, él me ayudó con sus oraciones, me decía cuando vayas a examinarte lo quiero saber, para pedir por ti y luego vienes a decirme si todo salió bien. El se alegraba conmigo y daba ánimo para seguir con los estudios.
 Los jueves Eucarísticos se celebraban en la capilla de las religiosas Josefinas, la Misa por la mañana la hacían los religiosos Pasionistas, pero la hora santa en la tarde, la hacía Don Tiburcio, era famosa, se llenaba por completo y eran famosas las pláticas estaban llenas de fervor, del amor de Dios, salíamos de allí endiosadas esperando que llegase pronto el próximo Jueves, se llenaba la Capilla, y en la galería ponían sillas y todo estaba ocupado.
Una tarde estábamos varias jóvenes en las Josefinas, llegó Don Tiburcio y le dijo a la madre Cesárea que pidiera por una persona que le habían llamado para los últimos Sacramentos y que parecía un caso especial, madre Cesárea nos llevó a todas las que estábamos allí a la Capilla y estuvimos en oración hasta que Don Tiburcio volviera y le dijo a madre Cesárea gracias por sus oraciones:
-Voy contento, esta señora va muy bien peinada y aderezada, para subir a ver a Dios.
Aquí se cuenta en Daimiel que Don Tiburcio fue a administrar los últimos sacramentos a una señora, después de esto le hizo ver que allí iba a estar muy bien en el Cielo, ya no le dolería nada y con el Señor y con la Virgen, y la vieja le contestó: desengáñese usted señor cura, que como en la casa de una en ninguna parte.
Don Tiburcio tenía un amigo sacerdote en Zaragoza, este señor fundó una asociación de personas seglares que le dio el nombre de Hijas del sacramento, a mí me mandó Don Tiburcio a Doña Consuelo Fisac para que me hiciera de dicha asociación, éramos bastantes, algunas jóvenes y otras ya mayores, seguramente todas las que nos confesaba él.
El dicho señor de Zaragoza vino a Daimiel para darnos unos ejercicios espirituales, los recuerdo con entusiasmo, este señor nos dijo, estos no son los ejercicios de San Ignacio, en ellos no os voy a hablar de pecado, de infierno, de purgatorio, solo os voy a hablar de Dios, y así salimos todas endiosadas, contentas, prometiendo seguir sus consejos y la vida interior del alma con Dios, a estos ejercicios también venía Don Tiburcio, cuando terminó la guerra civil, ya no supe nada de las hijas del Sacramento, no sé si este señor sacerdote desapareció, como tantos marcharon a la patria celestial.
 
Durante la guerra civil( los sacerdotes los pocos que quedaron con vida) no tenían paga ninguna, puesto que no trabjaban, y Don Tiburcio en esos años vivió de la limosna y regalos que las personas que lo conocían le llevaban a su casa, con él estaba una hermana suya religiosa carmelita, y otra religiosa , que era cubana, y no pudo ir a su patria, y una sobrina de Don Tiburcio les acompañaba y cuidaba.
Mi madre también se confesaba con Don Tiburcio y como tantas cosas nos pasaron en la guerra civil a mi madre la consoló y le dio ánimo para seguir luchando ante tantas dificultades, y de mi padre dejó escrito diciendo que era un hombre santo y que el tiempo lo diría, ahora estamos esperando la beatificación, no sabemos si lo veremos, a mi madre también la dirigía Don Tiburcio y le consolaba en sus penas y sufrimientos.

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