D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa
P
PP
Se gastó por nosotros, víctima de su negarse a sí mismo, lleno de amor y caridad.
Protector de la Familia
JESUALDO SANCHEZ BUSTOS
Mis recuerdos de una persona singular Don Tiburcio Ruíz de la Hermosa, párroco de San Pedro Apóstol de Daimiel
Debo de hacer una advertencia previa a la elaboración de este escrito y es que la lejanía de los hechos narrados, más de medio siglo, y la gran diferencia de edad entre el sacerdote y mía, pueden dar una visión tal vez infantil de mis apreciaciones del aludido.
Mi primer contacto con Don Tiburcio fue recién acabada la Guerra Civil, 1936-1939; yo acababa de cumplir 9 años y como la mayoría de mi generación estábamos ayunos de educación religiosa ya que durante el conflicto bélico se desató una furibunda persecución a todo lo que oliera a religión.
Don Tiburcio fue de los pocos sacerdotes que sobrevivió a la persecución del Frente Popular, volviendo a recuperar su profanado templo; era descorazonador la situación de la iglesia, sin bancos, con señales evidentes de haberse encendido lumbres en el interior, los nichos vacíos esperando que nuevas tallas sustituyeran a las destrozadas por los modernos iconoclastas pero Don Tiburcio no se arredró y con el auxilio de otro sacerdote, muy bajito ( don Andrés Pinar), que igualmente había sobrevivido y con un grupo de catequistas los domingos por la tarde, centenares de niños de ambos sexos asistíamos a la catequesis, distribuidos en grupos de treinta o cuarenta párvulos o mayorcitos, el incansable párroco visitaba los numerosos corros y para todos siempre tenía una frase amable o una caricia; las clases duraban unas dos horas, entre otros motivos porque no había luz eléctrica y terminaban con un rezo general.
Al año siguiente, en 1940, se impartieron misiones en la localidad que fueron multitudinarias, uno de los misioneros nos dio varias charlas en el centro privado en el que nos preparaban para el ingreso de bachillerato, al final de ellas, el predicador, nos puso una tarea que se resumía en una pregunta:
¿Cómo son los ojos de la Santísima Virgen?; debíamos escribir la contestación en un papel y entregarla al lunes siguiente. Los cuatro amigos que compartíamos juegos, después de muchas meditaciones, llegamos a la conclusión de que la respuesta estaba en la Salve “Esos tus ojos misericordiosos…”, pero era tan sencillo que estimamos que era insuficiente y que tenía que ser la solución al “enigma”, algo más preciso y el único que podía saberlo era Don Tiburcio y fuimos a importunarle. No estaba en la sacristía, pues acababa de celebrar y había marchado a su modesta vivienda, pero nosotros, tercos, en nuestro empeño sin pensar en lo impertinente del momento nos presentamos ante su sobrina María, tía segunda mía,a la que expresamos el deseo de ser recibidos por el Párroco; tuvimos que esperar ya que tenía visita, pero al poco nos recibió y cuando le trasladamos la pregunta del predicador, se le iluminó el semblante y, poco más o menos, nos dijo:
-Cuánto me alegra que queráis hacer vuestros deberes en y más en Domingo, la cuestión es muy interesante, saber cómo es la Madre del señor; podéis anotar- los ojos de la Virgen son hermosos, humildes y misericordiosos-“, después nos preguntó por los estudios y por nuestros padres, irradiando de sus palabras un halo de bondad, cercanía y paciencia que nunca olvidaré.
Recuerdo en otra ocasión estando de fin de semana en la Oleivinícola, popularmente conocida como “La Francia”, que era la mayor empresa de transformación de productos agrarios de la provincia; tenía bodega, alcoholera, jabonería, extracción de aceites de orujo. El principal accionista era el francés Don max Cassin; mi abuela estaba como de ama de llaves y vivía allí, esa era la razón de mis estancias en la fábrica; allí jugaba con los hermanos Chicón Torralba y el hijo del jardinero Nicomedes, Jesús, que residían de forma permanente en el complejo. Una mañana vimos aproximarse hacia el jardinero a Don Tiburcio, con Fernando el sacristán, hacia Nicomedes, pues era para el Párroco día de visitar enfermos y la esposa de este había estado enferma; Nicomedes, con la gorra en la mano, agradeció la visita del sacerdote y le dijo que había bajado al pueblo para visitar a la familia; fue en ese momento cuando apareció Don Max saludando efusivamente a Don Tiburcio y después de comentar los calamitosos tiempos y las muchas necesidades, el cura sacó del Breviario un papel con tres o cuatro nombres que le dio al francés, al tiempo que le rogaba les diera empleo , aunque fuera temporalmente. Hoy, más de setenta años trascurridos, rememoro las circunstancias de entonces, se vivía en un estado de necesidad resultado de las secuelas de una cruenta guerra de cerca de tres años, en el resto del mundo se debatían las naciones en la segunda conflagración universal, los odios y radicalismos ideológicos confrontaban cruelmente a los espíritus, sin embargo en un momento se encontraron tres personas, que partiendo de unos principios diferentes, ya que Nicomedes, el jardinero era espiritista, Don Max Cassin cónsul de Francia para la provincia, era rabino judío, y don Tiburcio párroco de la Iglesia Católica, fueron capaces de colaborar , desde el respeto mutuo, para el ejercicio de la virtud de la caridad.
La amistad de don Tiburcio con Don Max venía de muchos años atrás, así fue muy comentado que el párroco oficiara, al finalizar la Primera Guerra mundial, un funeral por las víctimas de la contienda y que presidió Don Max ,con gran escándalos de algunos puritanos porque el francés no se había arrodillado al momento de la Consagración.
En el año 1952 se celebró el enlace matrimonial de Doña María Teresa Pinilla y de Don Francisco Rodríguez Lozano; los contrayentes eran los representantes de las dos familias más notables, por diversos conceptos, de la sociedad daimieleña; ambas habían contribuido de forma palpable a la restauración de los desmantelados templos al finalizar la guerra, así como a la dotación de becas para el seminario, la ceremonia se celebraría en la gran finca conocida como “El monte de Arenas”, propiedad del abuelo de la contrayente y a ella asistiría el Sr Obispo prior, igualmente asistiría Don Tiburcio. Cuando llegó el Prelado a la finca le esperaban a la entrada de ella, los padres de los novios y el Párroco, tras los saludos de rigor, en un aparte, le dijo el Obispo al Párroco:
-“Podías haberte puesto una sotana más nueva” ( y es que la que llevaba , aunque limpia, lucía algún remiendo y estaba descolorida por sus muchos años);
-“Ilustrísima, replicó el cura, es que no tengo otra”
Tres días después del enlace, los casados le regalaron una flamante sotana (esta anécdota me la relató el contrayente, muchos años después y otro familiar de la novia).
Desde la distancia del tiempo, mi recuerdo personal de Don Tiburcio es de que fue una persona humilde, caritativo en grado sumo dentro de sus muy limitadas posibilidades, dialogante y de fácil comunicación, infatigable pastor de una comunidad muy necesitada de alimento espiritual… y material.
¿Pero quién soy yo para enjuiciar y valorar las excelsas virtudes de un ser superior?. Aún así me atrevo a afirmar que fue un gran ASCETA del siglo XX.