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RUFINA FERNANDEZ GARCIA

Mi madre estuvo de lavandera en casa de Don Tiburcio, decía que cuando llegaba la hora de la comida se acercaba la gente porque repartía su comida y la sobrina regañaba porque se quedaban sin comer. Mi madre decía

-“Vamos a bendecir la mesa como Don Tiburcio”

Cuando falleció mi madre, nos dijo unos días antes:

-“Hija sé el día en el que tengo que morir, no comentó nada de su enfermedad que padeció durante meses y que sufrió en silencio. Un día reunió a los hijos y les dijo: no escandalicéis pero ha llegado mi hora en llegando el alba, vamos a rezar a la Virgen del Carmen, terminaron sus rezos y falleció al amanecer, en 1964”

Iba a ver a los pobres y al que veía peor levantaba la almohada y le dejaba un dinero para comprar leche, pan, medicinas,..Le gustaba atender a niños y a mayores, no había persona a la que no hablase y su risa siempre. Cuando había un corro en la calle ya sabíamos que era él, y los niños no lo dejaban andar, le tocaba la cabeza o la mano a todos, siempre una mirada o una palabra a todos. A los niños más pobres siempre les sacaba un dinerillo o una bolilla de  detrás de la oreja. Decíamos que viene Don Tiburcio, y es como si viniera el Señor.

Yo hubiera querido que me casara pero ya estaba enfermo. Cuando murió todo el pueblo acudió y colgaban cosas en la pared, parecía una procesión. Pasan a la capilla a rezarle a Don Tiburcio y a San Antonio.

En mi casa siempre se tenía en la boca, parecía como cosa de la familia. Jamás despreció a nadie. 

© 2013

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